Testimonio de la Semana

Un sueno, una inundación, y el llamamiento de Dios salvaron a muchos de la destrucción eterna

El sueño
Me encontraba parado sobre el lecho polvoriento y seco de un río ancho. Hacía muchos meses que no pasaba agua por este lecho. Vi a mucha gente acampando allí. Algunos eran ricos y tenían carpas grandes con mucho equipo de acampar. Otros eran pobres y dormían bajo las estrellas. Pero todos —joven, anciano, rico y pobre— parecían estar felices. Cantaban y bailaban, comían y contaban chistes.

Subí a la ribera del río para ver mejor. Hasta donde mi vista alcanzaba, había familias enteras, grupos de amigos y personas solitarias acampando por todo el lecho vacío.

Repentinamente escuché una voz detrás de mí que me decía:

—Hijo, ¿puedes ver a todas esas personas en el lecho del río?

Me di vuelta, pero no había nadie allí. ¿Quién está hablando7 me pregunté. Entonces me di cuenta de que debió haber sido Dios.

—Sí —contesté—, veo a la gente. Conozco a muchos de ellos.

— ¡Apúrate, ve y diles a esas personas que se salgan del lecho del río! —Dijo la voz—. ¡Viene un diluvio, y se los llevará la corriente!

Corrí por el lecho del río, gritando:

— ¡Sálganse del lecho del río! ¡Viene un diluvio! ¡Dejen todo y corran por sus vidas! ¡Viene un diluvio!

La gente dejó de hablar, dejó de cantar, dejó de bailar. Escucharon mis palabras, y entonces comenzaron a reírse.

Todos se reían.

— ¿A qué te refieres con eso? —exclamaron—. ¡El sol está brillando! No hay lluvia. -No va a haber un diluvio. Ya déjanos, que nos estamos divirtiendo. ¡Deja tus gritos locos!

Luego la multitud regresó a sus comidas, sus cantos, sus bailes y sus risas.

¡Salgan!

Corrí a cada grupo de personas.

— ¡Apresúrense, salgan del lecho del río —les rogué—. [Viene un diluvio!

La mayoría de las personas me ignoraron, pero unos pocos escucharon y me siguieron cuando salí del lecho del río. Dejaron sus carpas y sus comidas y sus sillas atrás. Algunos eran débiles y ancianos, pero me siguieron tan rápido como pudieron para llegar a tierras más altas.

De repente, con un sonido ensordecedor, una gran corriente de agua se abalanzó por el lecho del río, levantando tierra y arrastrando todo lo que encontraba a su paso. La furia de las aguas arrancaba árboles y levantaba piedras como si no fueran más que globos.

Cuando la gente que había quedado en el lecho del río escuchó el ruido, levantaron la vista y vieron el agua. Gritaron y corrieron hacia las orillas. Pero la pendiente de la orilla era demasiado empinada, y el agua se los llevó antes que pudieran alcanzar a subir a un lugar seguro. La mayoría de las personas fueron arrastradas por la corriente. Una mujer gritó:

— ¡Salve a mi hijo! ¡Salve a mi hijo!

Corrí a la orilla y traté de agarrar las manos de los niños que eran arrastrados por la corriente, pero resbalé y caí en el barro. El agua casi me arrastra. Alcancé una rama colgante y me agarré de ella con todas mis fuerzas. Miré a mis alrededores y vi a otros asidos a ramas colgantes. Lentamente el agua comenzó a bajar. Las aguas turbulentas se aplacaron un poco. Pero aun así no podía subir por la orilla.

Entonces vi un gran bote flotando sobre las olas. El capitán lo guiaba a donde unos pocos sobrevivientes habían quedado agarrados de piedras o ramas. Los tripulantes del barco bajaban sogas para que las personas pudieran subir. Entonces el barco giró y se dirigió hacia mí. Vi el rostro del capitán que me miraba consternado. Me así de la soga y subí al barco.

Entonces desperté.

El llamamiento

El sueño había sido tan real que me tomó varios minutos darme cuenta de que sólo se trataba de eso: un sueño. ¿Qué podría significar! me preguntaba. No era cristiano, y no podía entender por qué Dios estaba en mi sueño. Pensé mucho acerca del asunto, ya que no lo podía sacar de mi mente. Ha de ser m mensaje para mí, pensé. ¿Pero qué significa?

Seis meses después, mientras caminaba por el pueblo, vi una carpa grande armada en un lote vacío. ¡Grandioso! El circo ha llegado al pueblo, pensé. Unas noches más tarde llevé a la familia entera a la carpa para ver a los animales y a los payasos. Pero cuando entramos no vimos ni elefantes, ni vendedores de palomitas de maíz, ni nada que tuviera que ver con un circo. En vez de eso, vimos muchas hileras de sillas. En la plataforma un hombre se puso de pie y comenzó a hablar.

—Jesús desea de todo corazón salvarlos —dijo el hombre—. El cambiará tu vida si se lo permites. El puede librarte de una vida de pecado y puede prepararte para el cielo, donde puedes vivir con él para siempre.

Me recordé del sueño. ¿Era Jesús el capitán del barco que había visto, el que me había sacado de la orilla del agua?

Regresamos a la reunión evangelizadora la noche siguiente, y todas las noches después de ésa. Mientras más escuchaba de Jesús, más quería estar seguro de que escuchaba la verdad. Mi familia estuvo de acuerdo, y antes que terminaran las reuniones, le entregamos nuestras vidas a Cristo. Mi esposa, mis dos hijos y yo nos bautizamos y así nos unimos a la Iglesia Adventista.

Comenzamos a contarle a toda persona con quien nos encontrábamos cuánto la amaba Dios y lo mucho que él había hecho por nosotros. Les ofrecí estudiar la Biblia con ellos, y muchos aceptaron. Comencé con un pequeño grupo que se reunía en mi casa y les presentaba a Dios a mis vecinos y amigos. Cada mes la iglesia tenía bautismos, y cada mes más y más personas pedían ser bautizadas. Por fin me sentía feliz y realizado, sabiendo que estaba sacando a la gente fuera del lecho del río del pecado y los entregaba en los brazos de Jesús.

Nuestra iglesia creció tanto que decidimos comprar un edificio y comenzar otra congregación. La segunda está creciendo tanto, que hemos iniciado una tercera, que se reúne en mi casa.

Estoy maravillado de la manera como Dios hizo que mi sueño se hiciera realidad. Aunque algunos todavía se ríen de mí y me ignoran, mientras Dios me dé fuerzas rescataré a cuantas personas pueda.

Pedro Yremeo Vaquera comparte el amor de Dios en el pueblo donde vive: Oran, Argentina.

 

 

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